LA SEDA LINDA, LA COPA DE ORO Y OTRAS VACAS MÁS.
Ahora, cuando ella venía en el pollerito camino a Morelia, venía mirando los verdes campos de Queréndaro. Su papá decía que los mejores campos de cultivo eran los de Queréndaro.
También venía recordando que a esos campos llegaban, año con año sus animales allá por el mes de diciembre, por una temporada de unos tres meses, para que se alimentaran de los dorados rastrojos que dejaban los agricultores de la zona después de la cosecha del maíz.
Recordaba también, aquel lote de hermosas vacas lecheras de raza Holstein pintas de negro y blanco, que su padre logró formar mediante acertadas cruzas y que eran la envidia de quienes las conocían
Mantener esos animales, las vacas y sus crías, era carísimo, su padre rentaba pastos, pero cuando éstos escaseaban había que comprar pacas de rastrojo o de alfalfa, e incluso hubo un tiempo en que fue indispensable alimentarlos con alimentos concentrados.
Ella veía como su padre era feliz en aquellos campos, a la orilla de la carretera que discurre rumbo a Morelia.
Los animales de su padre, eran habitantes naturales de la laguna de Cuitzeo, donde se mantenían el resto del año comiendo tule y lirio que se acumulaban a orillas de la laguna.
Ahí, arropado por el cielo infinito, las estrellas y la Luna, su padre durmió muchas veces a la intemperie o debajo de un puente cuando cambiaban de lugar el corral de los animales a donde encontrarían más pastos. Era en esas ocasiones cuando su madre se asomaba constantemente a la puerta de la calle con el anhelo de verlo voltear la esquina, pero cuando ya era muy noche, perdía la esperanza y entonces, reunía a sus hijos a rezar el rosario, quizá para encomendarlo a Dios o quizá para disimular el miedo que experimentaba por la ausencia de su esposo.
Por aquella época no había forma de comunicarse con él. Y las cosas se resolvían cuando él, su padre, en cierto momento veía la necesidad de mudar sus animales a otro lado, era entonces cuando, con ayuda de Antonio, su fiel trabajador, levantaban el corral y lo trasladaban a otra parte más prometedora para el alimento del ganado. Había que retirar el alambre de púas que se sujetaba a los postes de madera, excavar para sacar los postes, y repetir la operación, pero en sentido contrario una vez que había localizado el nuevo sitio.
Después, por la mañana había que despertarse muy temprano a ordeñar las vacas porque pronto pasaría el lechero que llevaba la leche a Morelia y la entregaría a Jesusita, su leal cliente quien le compró por muchísimos años su leche, y ésa era la rutina diaria de su padre, que a él le resultaba tan placentera, no obstante, el arduo trabajo que implicaba. Y así se mantuvo por años y años, hasta que llegó el día en que, para ganarle tierra a la laguna, los dueños de los alrededores comenzaron a construir drenes, ése fue el motivo que llevó a su padre a trasladar el ganado a otros campos, entre ellos al Arenal, una lomita en los alrededores del balneario Atzimba, luego a Parácuaro a donde llegaron sus animales después de atravesar el puente de piedra sobre el río Lerma un día cualquiera a eso de las 3 de la mañana.
Finalmente, el ganado de su padre fue trasladado a los campos de los Órganos a donde terminaría la historia de aquellas hermosas vacas, entre las que figuraban:
La Seda Linda, la Copa de Oro, la Tapatía, y muchas otras más.
MARIA MARTHA MORENO MARTINEZ
29 de mayo de 2026
No hay comentarios:
Publicar un comentario