VAYA MANERA DE FESTEJAR LA LLUVIA DEL PAN
Había vivido diversas y bellas experiencias en la conmemoración anual de la lluvia del pan que se lleva a cabo en su tierra, Acámbaro, la tierra del pan.
Es una fiesta importante de su pueblo en la que el gremio de panaderos, el día 11 de julio, se reúnen con motivo de expresar agradecimiento a su patrona, la virgen del Refugio, por los beneficios obtenidos durante el año. Con ese motivo, las panaderías comparten su alegría organizando un desfile, con música, baile, mojigangas y carros alegóricos y lanzan a las personas ahí reunidas miles de piezas de pan. Ahí se observan las diferentes experiencias de la gente para cachar el pan, las hay desde las que invierten sus sombrillas para atraparlas, las que dan enormes brincos, las que se caen en el intento rodando por el suelo, las que se empapan en la lluvia y, aun así, disfrutan enormemente de la fiesta, en fin….
Este año, ella estaba más que dispuesta para presenciar la lluvia del pan, vio que el cielo estaba nublado, pero pensó que con su sombrilla podía librar muy bien la situación. Además, pensaba aprovechar la invitación de una de sus ex alumnas para presenciar la fiesta desde un balcón de su casa situada en la calle Antillón. Así que encaminó sus pasos para llegar hasta ahí.
En el camino empezaron a caer unas gotitas, no pasa nada, se dijo a sí misma, luego la lluvia fue cobrando mayor intensidad, hasta convertirse en una verdadera tormenta, así que pensó. En estas condiciones será imposible llegar hasta la casa de su amiga, y lo que intentó más bien fue guarecerse lo mejor posible para no terminar hecha una sopa. Iba caminando, en medio de la lluvia, intentando buscar el mejor lugar, para protegerse del gran aguacero que estaba cayendo.
Iba caminando por la banqueta y de pronto, ¡no lo podía creer!, una banquita estaba ahí, ¡era como si la estuviera esperando!, la banquita estaba resguardada por una marquesina que la protegía de la lluvia directa, todavía más, dos bellas plantas situadas una a cada lado de la banca le daba un toque más que romántico al lugar, sin dudarlo, se sentó en la banquita y ahí soportó la lluvia. Pero el viento chicoteaba intensamente y eso hacía que su vestido se mojara, ella lo sacudía y seguía esperando que pasara la tormenta. Pensó para sus adentros que no podía haber encontrado mejor sitio para disfrutar de la lluvia que se precipitaba a cántaros sobre el pavimento.
Mientras tanto, aprovechó para observar su entorno, vio a los vecinos armados con escobas y botes tratando de evitar la inundación de sus negocios, el enorme torrente discurriendo hacia abajo a gran velocidad, a los más atrevidos enfrentando la tormenta sin protección alguna, las peripecias de los motociclistas para librarse de la lluvia no solo ellos, sino a las tres y hasta cuatro personas que viajaban con él, en fin. Así debió pasar al menos hora y media sin que la tormenta cediera ni tan sólo un poco.
Cuando la lluvia hubo amainado, enfrentó el reto de cómo cruzar la calle sin terminar con el agua a media pierna. Así que esperó y esperó, hasta que pudo atravesar. Ya para entonces, escuchó los repiques de las campanas de la iglesia que anunciaban la llegada de la procesión al templo.
Fue entonces cuando pensó: ¡vaya manera de vivir la experiencia de la lluvia del pan! Pero, después de todo, pensó, fue una bonita oportunidad para descubrir que no siempre las cosas son como uno las imagina, y que es importante adaptarse de la mejor manera posible a las nuevas situaciones, eso sin contar con que, la de hoy, fue una bella oportunidad para disfrutar la lluvia.
MARIA MARTHA MORENO MARTINEZ
12 de julio de 2026
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