sábado, 30 de agosto de 2025

ALMA DE NIÑO

 

ALMA DE NIÑO

Una de las características de la infancia es el  eterno: ¿por qué? Los niños llegan a atosigar a sus padres y a sus maestros en su afán por intentar comprender su entorno, el mundo en el que viven. Esta valiosísima pregunta, encierra una gran sabiduría, pero los adultos suelen no darle importancia y muchas veces contestan cosas absurdas, tan sólo para evitar que: “me siga molestando”…..

Las respuestas a los ¿por qué? Suelen ser la base de la formación de los seres humanos y puede considerarse una verdadera tragedia, el hecho de que los adultos no tengan ni la disposición, ni el tiempo, ni el conocimiento para responderlas.

Aunque también habría que valorar que sí de responderlas se trata y no se tiene la capacidad para ello, más le vale al niño quedarse con la duda, porque ello le llevará a seguir investigando al respecto, lo digo porque a mí me sucedió que cuando era niña me debatía en una serie de preguntas que me inquietaban  y recurría constantemente a cuestionar a las personas mayores al respecto, sin encontrar una respuesta que me convenciera. Así se me fue la infancia,   después  vino la fiebre de la juventud, y luego el letargo ocupacional y aquellas preguntas que en la infancia parecían ser tan importantes pasaron a segundo término y prácticamente cayeron en el olvido, hasta formar parte de los profundos recovecos de mi memoria.

Una de ésas preguntas que me perseguían  y les hacía a los mayores era: 

-       ¿De qué color es esto….?

-       Amarillo o azul

-       Sí contestaba yo, pero ¿cómo sé que estamos viendo igual?

-       ¿Cómo sé que identificamos el azul de la misma manera?

-       ¿Cómo sé que tu azul es igual al mío? Y si no lo son.

-       ¿Cuál es el verdadero?, etc., etc…..

Y así iba con mis preguntas a todos los adultos que me rodeaban y nunca nadie me dio una respuesta ni remotamente convincente, hasta que me cansé de preguntar o tal vez ellos de responder, no lo sé, el caso es que aquellas preguntas  nunca tuvieron respuesta. 

Después  vino la juventud y fue ahí donde las  dudas existenciales se hicieron a un lado,  para dar paso a      los sentimientos y las pasiones. El amor y el desamor se convirtieron en la piedra angular de aquella etapa de mi vida, pero además en la juventud tenía  una meta que me había trazado y con la que me despertaba inquieta todas las mañanas, quería ser profesionista, así que el estudio también fue parte importante de mi juventud. No había tiempo para nada más.

Luego vino el letargo, sí el letargo ocupacional. Todo mi tiempo, mi disposición y mi creatividad se enfocaron en el trabajo y así sigue sucediendo hasta la actualidad. Y aquellas preguntas que fueron tan importantes en la primera parte de mi vida han sido sepultadas por el implacable paso del tiempo.

Y no fue sino hasta hoy, 24 de enero de 2019, que navegando por la red, me topé con un artículo proveniente de la conferencia del  Nobel Prize Dialogue, (que se está celebrando en este momento en Santiago de Chile): "Lo que llamamos 'realidad' son alucinaciones que asumimos como reales porque todos tendemos a percibirlas de la misma manera" del neurocientífico británico Anil Seth, quien dice: “esta silla es roja”, y aunque la respuesta parece demasiado obvia, no lo es, afirma Seth, ya que en realidad no es cierto, “mejor dicho, continúa, no tenemos cómo comprobarlo”. "Nuestra vida consciente está dominada por percepciones conscientes y estas tienen el carácter de que lo que experimentamos, lo experimentamos como si realmente estuviese allí", explica Seth. "El rojo -dice- no está ahí afuera en el mundo ni tampoco en mi cerebro. El rojo es algo que el cerebro está haciendo: dada la información que recibe, crea esta percepción que luego vemos como estando ahí afuera". ¡Wau!, ¡no puede ser!, era como si ese Seth, me hubiese leído el pensamiento. Pues ésa era la respuesta que yo tan ansiosamente buscaba  cuando era niña. 

 

Este incidente ocurrido hoy me lleva a reflexionar acerca de la importancia de la filosofía en nuestras vidas. Esta ciencia, que no por nada, es justamente “la madre de todas las ciencias”. Sí, la naturaleza humana siempre nos ha conducido a confrontar nuestra realidad, y esta es una práctica indispensable para la vida pues nos permite cuestionar, comprender y modificar nuestro entorno. 

La pregunta clave de la filosofía es justamente ¿por qué?, eh aquí que, por ello los mejores filósofos son siempre los niños, por eso, al finalizar este pequeño ensayo me gustaría reflexionar acerca de  no  permitir que la vida diaria nos abrume a tal punto que nos impida seguir planteando esos infinitos por qués, porque ello nos  llevaría  a perder nuestra identidad humana, es decir nuestra  alma de niño.

María Martha Moreno Martínez

Acámbaro, Gto.

Enero 24 de 2019

jueves, 21 de agosto de 2025

RECORDANDO A LA TIA ELENITA

RECORDANDO A LA TIA ELENITA.

 

Se podría decir que, era de una humanidad “redonda” y amabilidad “exquisita”, así recuerdo a la “Tía Elenita”, una anciana que lucía aquellos humildes, largos y limpísimos vestidos de algodón, unos antiquísimos zapatos de piel hechos a su medida y medias anudadas bajo de las rodillas.

 

Nos anunciaba su visita el claxon del taxi que la transportaba desde el convento de Santa María de Gracia, donde vivía, al cobijo de unas sobrinas que en esa época eran cocineras de los frailes franciscanos que habitaban el convento.

 

La tía Elenita era pobre, de lo más pobre, no tenía más familiares cercanos que aquellas, también ancianas, dos sobrinas, que le daban oportunidad de tener consigo, una mesa, herencia de su padre y un catre donde descansar su pesado cuerpo. Bueno, también nosotros éramos sus parientes, aunque muy, muy lejanos, pero para nosotros eso no importaba, pues la mirábamos como alguien de la familia, y eso era todo.

 

Caminaba con gran dificultad debido a unas piernas de lo más hinchadas y la edad que prácticamente “se le venía encima” no obstante, todo lo anterior, la tía Elenita era siempre bienvenida a nuestra casa, donde recuerdo que mis hermanos y yo, siempre la rodeábamos, sentados en cuclillas, mientras escuchábamos con atención las ¡maravillosas! historias de sus tiempos que solía contarnos siempre que venía a casa.

 

Nos encantaban sus visitas, porque disfrutábamos de sus pláticas, siempre  tan amenas, pero también, porque mi madre aprovechaba la oportunidad para prepararnos algunas delicias gastronómicas como un atole de leche con hojas de naranjo en su caso de cobre, que luego nos peleábamos para rasparlo, una vez que el atole se había servido en los diferentes recipientes, unos huarachitos con su salsa verde, limón y cebolla, un mole de olla, en fin, cualquier cosa que alagara a nuestra invitada y  que eran también todo un agasajo para nuestros infantiles paladares que estaban tan acostumbrados a la comida del día a día:  caldo de res,  sopa de fideo, frijolitos y cuando de plano “repicaban fuerte las campanas” unos torreznos de camarón o unas tortitas de papa.

 

Pero también nos gustaba que nos visitara la tía Elenita porque nos pedía atrapar abejitas, que luego se metía entre sus medias para que le picaran y así, lograr con el piquete, “disfrazar” el tremendo dolor de sus hinchadas piernas. Ésa era una tarea que disfrutábamos mucho, porque nos encantaba perseguir a los insectos entre las flores del jardín, especialmente las que se sentían atraídas por las finas y bellas florecitas rojas del Mirto que adornaba buena parte de nuestro bello jardín.

 

Ahora, imagino que cuando ya se sentía en los estertores de la muerte, la tía Elenita le dijo a mi mamá que mandara por la mesa que había heredado de sus antepasados y que atesoraba en su cuartito como un bello recuerdo de su lejana infancia. Desde entonces, esa mesa ha formado parte del mobiliario de nuestra casa y ahora mi hermana y yo, la cuidamos mucho porque con esa mesa, vienen a nuestras mentes ¡tantas y tantas! historias de nuestra infancia.

 

El día de hoy escribo esta historia para rememorar el recuerdo de la tía Elenita, porque anoche, con unos vecinitos del barrio, festejamos el aniversario de nuestra sobrina, y desde luego, la mesa de la tía Elenita, fue el centro de atracción, pues nos reunimos en torno a ella tal como lo hicimos en el pasado tantas veces rodeando a la tía Elenita.

 

MARÍA MARTHA MORENO MARTÍNEZ

21 de agosto de 2025

 

 

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CUAUHTÉMOC SIMBOLO DE  IDENTIDAD NACIONAL.     Uno siempre recuerda a las personas que influyeron en la construcción de su personalidad, o q...