MI MADRE Y YO.
Entiendo que el primer motor que nos impulsa, a todos los que integramos el reino animal es el instinto, los seres humanos, como integrantes de este enorme grupo viviente, también estamos incluidos en esta misma categoría motora que es el instinto.
Ayer, 9 de mayo, recibimos la alegre visita de nuestra hermana Bertha. Vino con la intención de hacer un pequeño homenaje a Mary, nuestra madre. Le compró un bellísimo arreglo floral, luego Vero le acomodó un altarcito, le rezamos, le cantamos y estuvimos platicando largo y tendido, cuando de pronto, de ella salió la siguiente expresión:
- Cuando era chica, yo no hacía nada.
- Entonces quién, preguntó Vero.
- Martha, Martha ayudaba en la casa.
- Vero volvió a ponerlo en duda.
- Y Bertha lo confirmó.
Digo lo anterior porque hoy, 10 de mayo de 2026, he traído como pocas veces a mi memoria, el recuerdo de mi madre.
Pienso que fue el instinto el que me permitió intuir la debilidad de aquella gran mujer que era mi madre. Porque desde mis primeros recuerdos percibí que ella necesitaba apoyo, y aun cuando era muy pequeña, me avoqué a brindarle el poco que podía ofrecerle a mi corta edad.
No me explico por qué hoy han venido a mi mente tantos recuerdos motivados por las palabras de mi hermana.
El caso es que hoy, 10 de mayo de 2026, me levanté con la clara intención de ofrecer la misa por el eterno descanso de mi madre, así lo hice y he de decir que durante todo el tiempo que duró la celebración seguían y seguían pasando los recuerdos de Mary por mi mente, igual que una película que se trasmite en cámara lenta.
También durante la ceremonia religiosa vino a mi mente la conciencia de cómo, se decide el destino de nuestras vidas, casi desde el primer momento en que vemos por primera vez la luz del día.
Hay quienes afirman que los tres primeros meses de vida, son cruciales para la formación posterior del ser humano. Tal vez sea así, no lo sé, sólo puedo decir que, desde muy temprana edad, yo sentí a mi madre muy desprotegida y desde ese mismo momento, me propuse, casi como un objetivo de vida, hacer todo lo que estuviera a mi alcance para apoyarla en todo lo que me fuera posible.
Quizá las palabras de mi hermana Bertha se remontan a nuestra primera infancia. Eramos cuatro hermanos y una vez que cenábamos algo, mi padre y todos los demás se iban a acostar. Y me quedaba yo, sola con mi madre. Nunca entendí por qué ella empezaba a preparar el almuerzo de mi papá a esa hora, por qué no lo preparaba antes. Nunca lo supe, pero sí recuerdo que mi madre me decía con frecuencia.
- Ya vete a acostar.
A lo que yo siempre contestaba.
- Hasta que tú también te acuestes. Como esto no sucedía, pues ahí nos quedábamos en la cocina mi madre y yo, hasta bien entrada la noche. Yo, mirando como movía aquella olla de la yema, especie de rompope que preparaba para el desayuno de mi papá, también veía como le cocía su té de Cuachalalate que tomó por largos años, porque pensaba que aquella hierba lo curaría del estómago, y tenía razón, la tecata de Cuachalalate es lo mejor que existe para curar la gastritis e incluso la úlcera. También en otro tiempo, y por muchos años, le coció una olla de té de Manita, una planta que mi padre decía era buena para el corazón, pues tenía la certeza de que estaba enfermo de este órgano. Veía también como le preparaba el guisado que pondría en sus tortillas, y tenía que esperar a que se enfriara porque si no lo hacía, se echaría a perder. Por aquella época, no había refrigerador en casa y la estufa era una parrillita de dos quemadores alimentada con petróleo diáfano. Cuando ya estaba listo el guiso, había que envolver las tortillas, ello se refería al proceso de acomodar un altito de tortillas y sobre él una ollita de peltre con el guisado, después envolvía todo en una gran servilleta a la que le hacía un nudo, luego la ponía en una bolsa de plástico, junto con otro recipiente que contenía agua de Cuachalalate o de Manita. Mientras esperaba a que enfriara el guiso, mi madre aprovechaba para limpiar un poco su estufa, o colocar algunos trastes en el armario y o recoger un poco la mesa de la cocina que siempre estaba saturada de objetos: la sal, la jarra de agua, el azúcar, etc., etc. y hasta no dejar lista la bolsita de las tortillas y el jarro con la yema que mi padre se tomaría por la mañana, antes de ir al campo. Hasta entonces, y sólo hasta entonces se iba a acostar y yo con ella.
Tuve conciencia de la belleza de mi mamá por las fotos estudio que les tomaron a mis padres el día de su boda, además de la única foto que se ha eternizado en diversos espacios de la casa hasta el día de hoy. De esas fotos, deduje que mi madre era una mujer de complexión robusta, muy alta de estatura, para los cánones de la época, la línea de su nariz era perfecta, sus azules ojos y sus carnosos labios contribuían para dar un marco perfecto a su linda cara.
Cuando fue soltera, vestía con la elegancia que su condición humilde le podía permitir, ello porque siempre fue una excelente modista, y, por tanto, ella misma se confeccionaba sus vestidos. Ya mucho después pudimos rescatar algunas fotos que confirman lo que digo. Una cosa muy significativa de su apariencia exterior era su peinado. En las fotos que conservamos de cuando era soltera, se le ve con pelo corto y rizado, en otras, con su pelo largo luciendo un hermoso peinado de lo más elaboradísimo. Pienso que, por esta razón, cuando ya fui adolescente, siempre me decía:
- Córtate el pelo, así como Julia Valenzuela, aquella chica, vecina nuestra que mi madre y yo veíamos cuando transitaba por la cera de enfrente. En eso sí, nunca le hice caso. Me gustaba mi pelo largo, trenzado por un lado y rematado con una flor azul o blanca.
Todo esto lo digo porque ya desde el primer recuerdo que tengo de mi madre siempre la observé con su piel muy deteriorada que reflejaba mucha más edad de la que tenía. Usaba su pelo, siempre cano, recogido en un molotito. Esta imagen que yo percibía de ella, más me predisponían a protegerla, sentía que me necesitaba y a partir de la secundaria, siempre tuve la conciencia clara de que yo sería profesionista, para apoyar a mis padres, en especial a mi mamá. Yo lucharía por ellos.
Así, fue transcurriendo mi vida, siempre pendiente de mis padres, pero sobre todo de mamá. Cuando llegué a la universidad, al fin joven, tuve alunas ilusiones románticas y sentimentales, que nunca florecieron porque yo siempre interpuse en primer lugar a mis padres. Tuve también alguna propuesta de matrimonio, pero siempre pensaba. Ah, no. Ya mis padres se esforzaron por mí, por darme una carrera, y ahora, que ya la he terminado voy a casarme. No. Y siempre me sentí comprometida a retribuirles el esfuerzo que ellos habían desplegado en mi favor, cuando más los necesité.
Cuando aún éramos niños, mi madre contrajo la diabetes, y a partir de ahí se le fueron presentando todo tipo de malestares y deficiencias. Todo ello, lejos de liberarme, me encaminó a dedicarme más a ella, ahora cuidaba también de su salud.
Y bueno, así transcurrió toda mi vida, cuidando de mis padres, en especial de mi madre.
Siempre me preocupé de darles una mejor calidad de vida, enfrentamos todo tipo de dificultades, particularmente las económicas, pero, Gracias a Dios, íbamos saliendo adelante.
Uno de los recuerdos que tengo de ellos cuando ya tenía mi trabajo, siempre procuraba atenderlos. Me encantaba el ejercicio, así que llegaba de mi escuela, comía, descansaba un rato y me los llevaba en mi bocho para que me esperaran mientras yo corría un buen rato, luego íbamos a dar una vueltecita por el pueblo. Mi madre decía, mira, puedo ver perfectamente los árboles del cerro, hay unos grandes y otros chiquitos.
Cuando ya se iban deteriorando más, salía con mi madre a pasearla en la calle donde vivimos, la sostenía del brazo y le iba preguntando:
- A ver, léeme lo que dice aquí.
Y me leía perfectamente, a pesar de que ya sólo veía con un ojito.
- De qué color son los autos que están pasando
- Qué números son estos.
Y lo mismo, siempre reconoció los números hasta que ya no pudo levantarse.
También le decía que me contara los números del uno al mil o que me dijera las tablas de multiplicar. Todo ello lo sabía hacer perfectamente.
A mi madre le gustaba mucho cantar, pienso que tenía muy buena voz. Tengo el recuerdo de que sus canciones preferidas siempre hablaban de desamor, o de decepción, aunque ella nunca se quejó de tales sentimientos. A lo largo de sus 89 años de vida, siempre cantaba, por ello aún su epitafio hace referencia a esta afición que le permitía percibir sus penas más ligeras, según comentaba:
“Me gusta cantarle al viento
Porque vuelan mis pesares
Y digo lo que yo siento
Por toditos los lugares”
Ya en sus últimos años, todos los días rezaba con ellos el rosario, y mientras eso sucedía yo la mantenía abrazada. Recuerdo haber pedido a Dios que les concediera una muerte digna y, si los milagros existen, pienso que este fue el primer milagro que me ha ocurrido en mi vida, pues mi madre sólo estuvo en cama 2 meses, ya sin poderse mover y mi padre, tan sólo una semana no se levantó.
Así pues, termino esta narrativa, en la que me permití hablar sobre la relación que tuve con mi madre, y de cómo, su poderosa influencia, condujo el destino de mi vida, pues desde mis primeras experiencias a su lado, intuí que ella me necesitaba y de que yo debía protegerla.
Después de haber expresado todo lo anterior, se podría pensar tuve una vida difícil o que me arrepentí de todo lo que me pasó. Nada de eso es cierto, todo lo contrario, yo fui muy feliz con ellos, fueron mi razón de vivir y ahora, puedo decir que, al menos respecto a ellos, tengo mi conciencia muy tranquila porque considero haber cumplido con ellos hasta el final de sus días.
Escribo todo esto, como una remembranza de la relación con mi madre, porque hoy, 10 de mayo de 2026 la he recordado tanto, que sentí la necesidad de escribir lo que sentía.
Si has leído todo lo anterior, pido una sincera disculpa, por haberme permitido compartir contigo esta plática, que me ha concedido una profunda paz interior. Por todo ello. Muchas gracias.
MARÍA MARTHA MORENO MARTÍNEZ
10 de mayo de 2026.
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