sábado, 21 de marzo de 2026

LOLA Y EL SABOR DE LOS ALIMENTOS

 

LOLA Y EL SABOR DE LOS ALIMENTOS.

 

Lola es su nombre, tiene 17 años, estudia en una de las escuelas privadas más prestigiadas de Morelia, cursa el 2º año de bachillerato, es lo que se dice, una “buena estudiante”, su calificación mínima nunca es menor de 9 en todas sus materias, tiene un novio con quien coinciden los viernes por la noche cuando se van al antro un buen rato para desestresarse y por si fuera poco, trabaja por las tardes tres días de la semana para ganarse un dinerito y poder darse algunos gustos que la seducen, como: plancharse el pelo, asistir a una sesión de uñas, aprender a maquillarse los ojos o comprarse algunas prendas para actualizar su outfit.

 

Debido a su acelerado ritmo de vida, Lola siempre anda comiendo rápido, ya sea porque teme llegar tarde a su clase o porque su jefe le ha pedido para mañana un informe de caja, etc.

 

Pero, recientemente, al mirarse al espejo, descubrió una pancita.

 

- ¡Guau!, esto ¡sí que no puede ser!  Se dijo a sí misma, y de inmediato puso manos a la obra: empezó por reducir al mínimo la ingesta de carbohidratos, a no comer tortilla, ni pan, además de asistir al gym al menos una vez a la semana.

 

Este domingo, como todos los demás, Lola se quedó en casa. Se levantó tarde y decidió tomar, en vez de un almuerzo pesado, como suele hacer los domingos, optar por un licuado de manzana, tal como lo hace siempre, antes de iniciar sus actividades y pensó, eso sí, darse la oportunidad para tomar una taza de café bien caliente, así que, rebanó unas cuantas rodajas de queso seco y puso en un recipiente unos cuantos pistaches, luego se encaminó a una de las habitaciones más alejadas de la casa, donde, considera ella, reina la paz, y por supuesto el silencio.

 

Decidió, además, apagar su celular y concentrarse únicamente en la ingesta de sus alimentos. Así que comenzó por, entre un sorbo y otro de café, llevar a su boca las porciones más pequeñas que apenas sus dientes pudieran cortar, luego, mantener el alimento en la boca para masticar hasta triturarlo completamente y ¡de pronto!, tomó conciencia:

 

- Pero, ¿por qué? me está sabiendo ¡tan rico este queso!, y ¿qué decir de los pistaches?, y ¡no se diga el café!

 

- ¡Guau! Pensó, esto es ¡maravilloso!, ¡nunca había disfrutado tanto el sabor de los alimentos como hoy. 

 

Y de repente, vino a su mente una de las leyes que había aprendido de sus clases de física. 

 

- ¡Sí pensó, esto que me está pasando debe estar relacionado con “la superficie de contacto del alimento”! Sí, recuerdo que el profe nos dijo que: la absorción aumenta, en la medida que disminuye el tamaño de las partículas, es decir, mientras menores sean las partículas, mayor es la superficie de contacto y de esta forma mejora la absorción.

 

- ¡Pero claro!, pensó, entre más pequeñas sean las porciones de alimento que llevo a mi boca, aumenta su superficie de contacto lo cual, favorece su absorción y así, verdaderamente puedo disfrutar del sabor de los alimentos.

 

También Lola recordó de sus clases de biología que la lengua está “plagada” de pequeñas vellosidades, a las que se les denomina “papilas gustativas” y que son las responsables de percibir el sabor de los alimentos una vez que se haya producido el “enlace” entre estas papilas y el cerebro.

 

Cuando los trozos de alimento son grandes y deglutimos con rapidez, tal como a ella le sucedía casi a diario, los alimentos no le sabían tan ricos y se limitaba únicamente a saciar su hambre, y observaba que también comía más.

 

Mientras estaba viviendo aquella experiencia de sabor, Lola recordó que, los catadores de vino, toman un sorbo y, literalmente “pasean” por un buen rato el líquido en su boca, antes de dar un veredicto acerca de la calidad del vino que están probando.

 

- ¡Ándale!, pensó para sus adentros, como hoy estoy en silencio y llevando porciones muy pequeñas a mi boca, además de tomarme mi tiempo antes de deglutir, me di cuenta que, pude realmente saborear mis alimentos. Y me propuse a mí misma que, a partir de hoy me alimentaría de manera más inteligente, es decir, reduciré la ingesta de carbohidratos, tomaré mi comida en silencio, cortando con mis dientes trozos muy pequeños, también masticaré muy bien para mejorar la absorción, todo ello me debe conducir, a saborear mis alimentos, a nutrirme mejor y confío en que de esta manera pueda también, reducir esta “pancita” que me ha estado molestando últimamente.

 

MARÍA MARTHA MORENO MARTINEZ

21 de marzo de 2026

 

 

 

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